San Eugenio de Mazenod
Obispo y Fundador
1782-1961
Su fiesta, el 21 de Mayo.
"Un apasionado por Jesucristo
e incondicional de la Iglesia"
(Pablo VI, Roma, 19.10.1975)
SERVIDOR Y SACERDOTE DE LOS POBRES
Su vida
Carlos José Eugenio de Mazenod nace en Francia, en Aix de Provenza, el día uno de agosto de 1782, en el seno de una familia de juristas. Conoce el sufrimiento y el exilio en Italia durante la Revolución francesa, y, más tarde, duras pruebas familiares. De regreso a su país a la edad de 20 años, torna conciencia de la desolación de la Iglesia, de la pobreza espiritual del clero y de la gran ignorancia religiosa en los ambientes populares. Dotado del carácter vivo y dominante de los provenzales, animado por anhelos generosos, se decide a poner toda su parte para responder a las necesidades urgentes de la Iglesia. En 1808 ingresa en el Seminario de San Sulpicio de París y es ordenado sacerdote en Amiens el 21 de diciembre de 1811. Quiere ser “el servidor y el sacerdote de los pobres”.
Se lanza primero en Aix al ministerio entre la gente humilde, la juventud y los prisioneros. Pero muy pronto, ante la inmensa tarea, se da cuenta de que necesita reunir en torno a si un grupo de sacerdotes celosos, principalmente para despertar “la fe a punto de extinguirse en el corazón de muchos”. Estos fueron, el 25 de enero de 1816, los comienzos de la Sociedad de los Misioneros de Provenza.
El Padre de Mazenod impulsó a sus compañeros a “vivir juntos como hermanos” y “a imitar las virtudes y los ejemplos de nuestro Salvador Jesucristo, consagrándose sobre todo a predicar la Palabra de Dios a los pobres”. Los estimuló después a comprometerse definitivamente en la obra de las misiones consagrándose con los votos de religión. Aunque, debido a su reducido número y a las necesidades apremiantes de los pueblos de su entorno, tendrán que limitar su celo a los pobres de los núcleos rurales del contorno, su anhelo debía “abrazar, en santos deseos, la vasta extensión de toda la tierra”, escribía ya en 1818.
La pequeña Sociedad recibirá la aprobación romana del Papa León XII el 17 de febrero de 1826 y se llamará en adelante la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Su lema expresa su carisma y le señala el camino a seguir: “Me ha enviado a evangelizar a los pobres”.
Eugenio de Mazenod, además de la responsabilidad de su Sociedad de Misioneros, tuvo que asumir muy pronto la de la Iglesia diocesana de Marsella. Esta importante sede de Provenza había sido restablecida en 1823, y el tío de Eugenio, Mons. Carlos Fortunato de Mazenod, a pesar de su avanzada edad, había sido nombrado nuevo obispo. Este pidió ayuda a su sobrino, nombrándolo de entrada Vicario General; después será ordenado Obispo en 1832 y sucederá a su tío en 1837.
Como pastor de esta Iglesia en plena evolución, Eugenio de Mazenod se desvive por todos y cada uno. Multiplica las parroquias, las asociaciones, los movimientos; acoge a varios Institutos religiosos que quieren establecerse allí y anima a la fundación de otros muchos; favorece las manifestaciones públicas de devoción; estimula la ayuda a los jóvenes, a los obreros, a los inmigrantes, a toda clase de excluidos. Emprende la construcción de una nueva catedral cercana al puerto y, en lo más alto de la ciudad, construye la basílica de Nuestra Señora de la Guardia, la “Madre Buena” tan querida de los marselleses. Se le ve implicado en los grandes problemas políticos y pastorales de su tiempo. Mantiene relaciones frecuentes con la Santa Sede y su adhesión al Papa, especialmente durante los años del “Risorgimento”, será total e indefectible. Participará activamente y con gozo desbordante en la definición del dogma de la Inmaculada Concepción en Roma el 8 de diciembre de 1854.
Al mismo tiempo, san Eugenio sigue siendo superior general de su Congregación religiosa. Desde Provenza, en 1834, los misioneros, a instancias del Obispo de toda Córcega, habían asumido la restauración del Seminario de Ajacio para formar a los sacerdotes y al mismo tiempo, con gran celo apostólico, comenzaron a enfervorizar al pueblo llano con las misiones parroquiales.
Pero es sobre todo a partir de 1841 cuando la pequeña Sociedad emprende un vuelo importante. Pese al número aún limitado de sus efectivos, san Eugenio responde desde la fe a los llamamientos del extranjero: de Canadá (1841) donde, en pocos años, verá a sus hijos internarse en las vastas praderas del Oeste y llegar hasta el círculo polar; de Inglaterra (1842) e Irlanda (1855); de los Estados Unidos, México y de Ceilán, hoy Sri Lanka, (1847); de Sudáfrica (1851). Mantiene con sus misioneros una correspondencia constante, se revela como pastor que se interesa por todo y por todos, un hombre verdaderamente apostólico que anima, aconseja, corrige y sostiene. Posee por encima de todo un sentido profundo de la paternidad espiritual y vive intensamente en unión con sus hijos que misionan lejos, en medio de múltiples y graves dificultades. Aunque nunca rebasó las fronteras de Europa, san Eugenio lleva en su corazón el desvelo por todas las Iglesias.
Poco antes de morir, el 21 de mayo de 1861, fiel a su temperamento, el anciano Obispo enfermo dirá a los que le rodean: “Si me adormezco o me agravo, despertadme, os lo ruego, ¡quiero morir sabiendo que muero!” Y a los Oblatos les dejará como última voluntad este testamento que es el resumen de su vida: “Practicad entre vosotros la caridad, la caridad, la caridad; y, fuera, el celo por la salvación de las almas”. San Eugenio se durmió en el Señor el domingo de Pentecostés mientras se entonaba la Salve, último saludo en la tierra a la que él consideraba como “la Madre de la Misión”.
Su itinerario espiritual
En la formación cristiana de Eugenio de Mazenod se destacan algunas influencias particulares. En primer lugar durante el exilio en Venecia (1794-1797), quedó marcado por un santo sacerdote penetrado del espíritu de la Compañía de Jesús, don Bartolo Zinelli. Aprenderá de él la práctica de la oración y de los sacramentos, la mortificación, la devoción a la Virgen Maria. “De allí arranca mi vocación al estado eclesiástico”, escribirá más tarde.
En torno a los veinte años, dos gracias interiores transformarán a este joven. La primera fue una gracia de conversión. Al adorar la Cruz un Viernes Santo, probablemente en 1807, tiene una experiencia personal del amor de Cristo que ha derramado su sangre por él. Se trata de un sentimiento de profunda confianza en la misericordia divina y el deseo de reparación de sus pecados mediante el don completo de si mismo a Jesucristo Salvador.
La segunda gracia que él denomina como una “conmoción extraña” es una verdadera moción del Espíritu que lo empujó a tomar una decisión bien precisa: orientarse hacia el sacerdocio para consagrar plenamente su vida a trabajar por la salvación, es decir, por su verdadera felicidad de sus hermanos.
De 1808 a 1812, Eugenio de Mazenod tendrá como guías espirituales a los sacerdotes Emery y Duclaux, ambos fieles discípulos de Jean-Jacques Olier. Reina en el seminario de San Sulpicio de París espíritu de fervor, de regularidad y de trabajo. Ahí se aprende a querer al Papa por entonces prisionero de Napoleón en Fontainebleau. Eugenio torna parte en las actividades de la Congregación mariana y de un grupo misionero fundado por su amigo y condiscípulo y paisano Carlos de Forbin-Janson. Pese a la franca oposición de su madre, se afianza en el deseo de ser sacerdote, y sacerdote de los pobres. Dentro de esta orientación, siempre hay en él un deseo de reparación: por sus propios pecados y por los pecados de numerosos cristianos que han abandonado la Iglesia. Quiere sobre todo cooperar con Cristo en la obra de la redención del mundo: que la sangre de Cristo, que no ha sido inútil para él, no lo sea tampoco para los otros.
Los primeros años de sacerdocio conocieron en Eugenio una búsqueda de equilibrio entre la oración y la dedicación al prójimo. Algunas gracias especiales, o signos de Dios, lo afianzarán en el camino emprendido. En septiembre de 1815, a impulsos de una nueva “conmoción extraña”, se decidió por el camino de la acción apostólica. Se entrega en cuerpo y alma la realización de su proyecto: iniciar una Sociedad Misionera. Y verá más tarde, tras el éxito de sus gestiones para obtener la aprobación pontificia, la prueba palpable de que Dios quería esa obra.
EI Señor lo esperará ahí para purificarlo en el crisol. Una noche oscura, un tiempo de purificación profunda seguirá a este período gozoso y lleno de promesas. De 1827 a 1836 se suceden las pruebas: divisiones, defecciones, muertes, pérdida temporal de su ciudadanía francesa e incluso recelos de la Santa Sede. Los efectos inmediatos, agravados por una enfermedad personal seria, provocan en él momentos de desaliento y depresión. Eugenio experimenta en carne propia el precio de entregarse al Señor y de servir a la Iglesia. Se sentirá por ello profundamente herido, pero saldrá de las pruebas más humilde, más comprensivo frente a los demás, y sobre todo más fortalecido en su amor y en su fe.
Durante el periodo de su episcopado en Marsella Eugenio se encuentra en plena madurez espiritual. Pastor infatigable, lleno de celo, sólidamente arraigado en el amor a Cristo y a la Iglesia, no piensa más en si mismo, sino en todas las personas que tiene a su cargo y en la obra de evangelización que se le ha confiado, en Marsella y en el mundo. Durante todo su ministerio, seguirá siendo un hombre de oración. De modo muy particular sacará de la Eucaristía la inspiración y el sostén de su vida de sacerdote que se ofrece y que se inmola para la vida del mundo. Tomaba tan a pecho celebrar a diario la Misa que para poder celebrar soportaba grandes privaciones, sobre todo cuando iba de viaje. Pasa largo tiempo en adoración ante el Santísimo, incluso en las visitas pastorales por su diócesis. Lugar privilegiado para la identificación con Cristo, la Eucaristía es también para san Eugenio el punto de encuentro con sus amigos, con los miembros de su familia religiosa, “el centro vivo que les sirve de comunicación”. Piensa mucho en sus hijos, sobre todo en los que misionan en tierras lejanas; les recomienda que hagan ellos lo mismo. “Al identificarnos cada uno de nosotros con Jesucristo, no seremos más que uno en Él. Y por Él y en Él no seremos más que uno entre nosotros”.
La síntesis principal de vida espiritual que ha escrito san Eugenio es el libro de las Constituciones y Reglas de su Instituto, una especie de manual de acción misionera y de vida religiosa apostólica. A partir de su experiencia personal y de la toma de conciencia de las necesidades religiosas de su época, el Fundador de los Oblatos supo utilizar numerosos elementos de vida espiritual que se le ofrecían. Los entresacó de sus maestros sulpicianos y jesuitas, pero también de los grandes misioneros que admiraba: Carlos Borromeo,
Vicente de Paúl, Alfonso de Ligorio. Fundió esos elementos en una nueva inspiración, un espíritu particular que se caracteriza por su raigambre evangélica y por el ardor que lo anima. “El espíritu de total abnegación por la gloria de Dios, el servicio a la Iglesia y la salvación de las almas, es el espíritu propio de nuestra Congregación”, escribía él ya en 1817. Proseguirá en 1830, afirmando que hay que considerarse “como los servidores del Padre de familia encargados de socorrer, ayudar y atraer de nuevo a sus hijos mediante el trabajo constante, en medio de tribulaciones, persecuciones de toda clase, sin esperar más recompensa que la que el Señor prometió a los servidores fieles que cumplen dignamente con su misión”.
San Eugenio ha buscado durante toda su vida, como sacerdote, como misionero y obispo, “anunciar a los pobres quién es Jesucristo”.
Pablo VI, en ola beatificación, dijo certeramente de él que había sido un apasionado por Jesucristo y un incondicional de la Iglesia.
Juan Pablo II, el día de su canonización, el 3 de diciembre de 1995, lo propuso como un hombre del Adviento que abre los caminos del Señor cuya nueva venida espera confiadamente la humanidad.
Juan XXIII lo cataloga entre las grandes personalidades que impulsaron el movimiento misionero del siglo XIX y el Cardenal Etchegaray, su sucesor en la diócesis de Marsella y gran promotor de la Causa de Canonización, lo califica como la figura más sobresaliente de la Historia de la Iglesia en Francia desde la Revolución francesa hasta nuestros días.
Para saber más:
Pinchar la página: www.omiworld.org/
ESP (arriba, izquierda) S. Eugenio de Mazenod.
Pida la "Petite Vie" escrita por su sucesor como Arzobispo de Marsella, el Cardenal Roger Etchegaray: Eugenio de Mazenod, Un corazón grande como el mundo, Madrid, Ciudad Nueva,1999. EUGENIO DE MAZENOD: un Santo para nuestro tiempo, original de Aímé Roche, Misioneros Oblatos, Madrid 1975 (algunas portadas llevan como título "AL RITMO DE LOS TIEMPOS"). Existe también un comic, primorosamente ilustrado por Juan Manuel Cicuéndez, titulado: "Eugenio de Mazenod, Corazón de fuego", Misioneros Oblatos, Madrid 2004 (ya hay versión en alemán y checo). Estas publicaciones y algunas más están a su dispoción en la casa provincial de los Oblatos de Madrid, y en Postulación General de Roma. Pídalos, gratis y sin compromiso.
Una milagrosa intercesión de San Eugenio
Mons. Bernardo Witte, OMI, Obispo emérito de Concepción, y anteriormente de Rioja (Argentina), nos envía el testimonio sobre la supuesta curación milagrosa de su madre. La transcribimos tal cual a continuación.
Cuando estudiaba allá por el año 1952 como joven escolástico en nuestra Facultad de los Misioneros Oblatos, me comunicaron telefónicamente sobre la grave enfermedad de mi buena madre. Ella sufría desde hacía años ataques biliares, pero esta vez su estado se había complicado gravemente. De inmediato me alisté y alcancé el tren más conveniente. En el largo viaje de unas cinco horas de duración, recé con angustia y esperanza varios Rosarios por la querida mamá, la cual esperaba para dentro de dos años el gran díada mi futura ordenación sacerdotal. Con cariño y gratitud admiraba y recordaba su vida sacrificada y me resultaba un grato deber rogar intensamente por la recuperación de su salud.
En casa éramos 8 hermanos: 3 mujeres y 5 varones. Papá trabajaba incansablemente en nuestra granja agrícola. Como niños le ayudábamos con filial afecto. Media docena de vacas lecheras constituían la garantía de un ingreso financiero diario, apoyado por la producción agrícola de nuestros campos, apenas 10 hectáreas.
La querida mamá, alta, fuerte y cariñosa, era el corazón del hogar en medio de los quehaceres diarios. Con frecuencia entonaba con su voz maravillosa alegres cánticos religiosos. Su incansable entrega a la convivencia de nuestra familia de pequeños agricultores generaba un ambiente de fe y de piedad, de responsabilidad y laboriosidad según el espíritu de la fe católica, enriquecida por una edificadora piedad mariana. La veíamos legre y laboriosa en los quehaceres domésticos valorábamos su entrega día por día motivada por su profunda fe católica y su entrañable amor a la Virgen María que nos unía vivamente. La oración diaria de toda la familia antes y después de almorzar y de cenar, como así también la fiel asistencia de cada uno de nosotros a la misa dominical constituían el fundamento de la vivencia católica, motivo y orgullo de la alegría cristiana.
Mi hermana mayor ya era miembro de la Congregación Mariana de Schoenstadt y misionera en África del Sur. Yo también anhelaba ser misionero…
Después de cinco horas de viaje, llegué al pueblo natal. En el hospital encontré a mi buena madre en grave estado. Sentí una profunda angustia y pena al verla tan sufrida, dolorida y disminuida. Traté de saludarla, de apretarle la mano, de expresarle mi cariño, gratitud, cercanía, bendición y esperanza; pero la pobre permanecía insensible, ya se había desvanecido.
Saludé y abracé con lágrimas a mi preocupado padre y a los cuatro hermanos y hermanas presentes. Ellos me informaron sobre la gravedad de la enfermedad, precisando que existía muy poca esperanza de sobrevivir. Las beneméritas Religiosas, responsables del Hospital zonal, me explicaban con delicadeza que se había producido una grave crisis en los cálculos biliares, por ello ya le habían administrado los últimos Sacramentos. Mi buena madre estaba virtualmente agonizando. La bendije, le ponía la mano sobre la frente, expresando mi cariño y mi dolor por no poder intercambiar ni una palabra ya que ella permanecía inconsciente.
El médico de cabecera –creyente y comprensivo- me informó con franqueza: Su madre está agonizando, ya no hay nada que hacer. “¡Uds. han de orar por un milagro!” Mi hermana permanecía al lado de la querida moribunda, mientras los hermanos me llevaron a la casa paterna donde papá debía cumplir sus faenas impostergables de agricultor.
En casa, después del inctercamnbio de opiniones nos propusimos rezar de inmediato una Novena al Beato Eugenio, Fundador de la amada Congregación de los Oblatos a la que yo pertencía desde hacía cuatro años.Con nuestro padre y hermanos teníamos un concepto claro: ¡Sólo un milagro podía salvar a la moribunda! Debíamos orar por el milagro de la recuperación de la querida madre en tan grave estado.
Decidimos rezar de inmediato la novena al venerado Eugenio de Mazenod. Sobre la mesa familiar colocábamos la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, tan querida por la enferma, y el cuadro de mi venerado Eugenio de Mazenod, Fundador de la amada Congregación en quien tenía tanta esperanza y veneración. Después de encender las velas del pequeño altar familiar, nos pusimos de rodillas e iniciamos el rezo del Santo Rosario y la Novena al Beato Eugenio. Con piedad filial elevamos súplicas por la moribunda, rogando y esperando por cierto la milagrosa intercesión sobrenatural, es decir, la curación milagrosa de la querida madre.
A unos cuatro kilómetros de la casa paterna está ubicado el convento de los Padres Oblatos, con un colegio secundario de numerosos alumnos. Naturalmente esa misma noche visité brevemente a mis hermanos Oblatos, rogándoles encarecidamente que se unieran a la oración por la recuperación de la salud de mi madre. Con fraternal afecto prometieron de inmediato la ayuda espiritual y se unieron a nuestras súplicas por la enferma grave.
Al día siguiente no había ninguna novedad, ninguna mejoría. Intensificábamos la súplica por la sanación, invitando a vecinos, parientes y amigos a unirse a nuestras oraciones. Al tercer día de la novena cuando llegué al hospital, encontré a la querida madre sorprendentemente reanimada. Me parecía que se había producido la milagrosa sanación invocada. Exclamé espontáneamente: ¡Gracias, Dios mío, por este milagro, obtenido por la intercesión del Beato Eugenio! ¡Muchas gracias, Señor y Dios mío! ¡Viva el Beato Eugenio!
Los familiares me miraban con asombro, acariciando sin embargo progresivamente también ellos la expresión: ¡Éste sí que es un milagro!
Finalmente me permito agregar: ¡No debo ni puedo ocultar ni olvidar aquella expereincia milagrosa, gracias a San Eugenio, como extraordinario signo del Amor de Dios!
Me camplace concluir la narración de la maravillosa experiencia, señalando que el Señor de la vida y de la muerte le ha concedido a mi querida madre la gracia de permanecer después de la milagrosa sanación en activo y feliz en medio de los suyos durante otros 30 años. A la edad de 82 años el Señor de la vida y de la muerte la llamó a mejor vida. R.i.p.
Eugenio de Mazenod fue canonizado por el Papa Juan Pablo II el 3 de diciembre de 1995. He tenido la gracia de participar con inmenso gozo juntamente con numerosos Oblatos provenientes de todo el mundo en aquella inolvidable CANONIZACIÓN DE SAN EUGENIO.
San Eugenio de Mazenod, la familia Witte de corazón te decimos: ¡MIL GRACIAS!
Mons. Bernardo Witte, omi
Obispo Emérito de Concepción
San Martín y Carrodilla
5505 Carrodilla/Mendoza
Argentina.
